
Puedo presumir, de haber visto una gran transformación en la ciudad. Por supuesto, no toda, pero sí, una parte.
Viví la Zaragoza callejera, donde no había móviles. La Zaragoza comercial, donde no había centros comerciales. La Zaragoza milenaria, donde no había rascacielos.
Pero este viernes, descubrí una nueva Zaragoza. Una Zaragoza que jamás había, si quiera, imaginado.
Una Zaragoza, más allá de la puerta prohibida. En la que, a ritmo de cerveza, dos guitarras sonaban en el ambiente. Un pequeño y selecto grupo. De amigos, de camaradas, de compañeros de la noche. La puerta está cerrada.
Soy un extraño en ese lugar, fuera del tiempo, y del espacio, pre-establecidos. Pero a nadie le molesta mi presencia. Las guitarras siguen sonando. Las voces, ligeramente por encima del murmullo general, no buscan protagonismo. No lo necesitan. La puerta está cerrada.
El lugar, me empaña de cierta melancolía, ¿hacia qué? Tal vez, a una vida no vivida. A un tiempo desaparecido. A un lugar que jamás visité. No lo sé. Cierro los ojos, echo un trago de cerveza. La puerta está cerrada.
La gente sonríe. Escucha. Siente. Ve. La puerta está cerrada.
La noche ha de terminar. La puerta se abre. Cada uno, a su sitio.
Esa noche, me sentí más Zaragoza que nunca.